La tradición anglosajona de la novela negra y policíaca permitió superar este escollo con cierta facilidad pues la literatura, los tebeos y el cine habían consolidado unos escenarios del crimen: Nueva York, Los Angeles, Chicago, Londres...
Peter Debry movió sus ficciones por estas ciudades con solvencia y verosimilitud y, además, no sólo se arriesgó a buscar nuevos espacios -Nueva Orleans, Seattle- sino que no elaboró simenonianas evocaciones parisinas o descubrió que ciudades como Caracas o Marsella podían ser magníficos escenarios de novela negra.
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